El amor ayuda a sanar

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Como si estuviera viendo una película romántica o leyendo una novela de amor, fui testigo en primera fila de un momento entre dos seres que se complementaron y ayudaron a sanarse mutuamente. Ella tenía el cuerpo maltrecho producto de un accidente, él el corazón roto, pero aún su alma era altruista y nunca dejaba a alguien que lo necesitara sin su ayuda. Fueron días en los que el amor inundó mi hogar, como si fueran volutas de humo estrellándose en el techo y esparciéndose en cada rincón.

Rebeca, mi hermana, fue de excursión con sus compañeros de la universidad a un bosque rodeado por una zona montañosa, donde acamparon y aprovecharon para realizar algunas actividades, una de ellas fue andar en bicicleta en un sendero que recorre parte de las montañas que rodeaban el lugar. Fue mientras disfrutaba del aire golpeando su rostro cuando sintió el empujón por un costado y cayó montaña abajo. Una de sus compañeras perdió el control y antes de caer al suelo empujó a mi hermana, quien rodó y se golpeó brutalmente el rostro, la cabeza y varias partes de su cuerpo. Quedó inconsciente y fue trasladada de inmediato a un hospital.

Cuando despertó vio cómo su rostro quedó desfigurado, pues la rama de un árbol le atravesó la mejilla y cortó un pedazo de su oreja. Fue un golpe muy duro para alguien quien siempre ha sido muy vanidosa. He de confesar que es muy bella mi hermana, pero ya no se sentía así después del suceso. No quería que nadie la tocara, a pesar de que debían aplicar una curación de heridas que ella sola no podía hacerse. Hasta que un día Raúl, un enfermero nuevo en el hospital, logró convencerla. ¿Cómo? No le mentía, pero siempre buscaba la forma de enaltecer su belleza. Usaba frases como “sí se ve horrible, pero ya verás que con el tiempo y unos retoques serás aún más hermosa” o “ahora eres una belleza rara” y las acompañaba con risitas.

Raúl no era para nada del estilo de mi hermana, era algo robusto, de lentes, blanco, cachetón y muy poco agraciado, pero podía ver en la mirada de mi hermana que se había enamorado. Después de casi un mes nos fuimos a casa, donde Rebeca cayó en depresión, incluso llegó a decir que no quería vivir, que se veía horrible y no había frase que pudiéramos decir que la hiciera sentir mejor. Así que fui a buscar a Raúl, era el único que podía sacarla de ese bache. En el trayecto a mi hogar le pregunté sobre si tenía novia, me dijo que no, que no creía en el amor después de cómo terminó su última relación. Pero eso estaba a punto de cambiar.

Cuando llegamos, abrí la puerta del cuarto de mi hermana y le dije que le había traído un regalo. Recibí insultos y gritos hasta que el enfermero entró al quite y se asomó. “¿Me necesitas para estar bien o qué? Ve, tuvieron que ir por mí para cuidarte”, dijo Raúl al tiempo que mi hermana respondió con un “sí”. Raúl y yo nos sorprendimos y él fue quien preguntó “¿sí, qué?” y Rebeca le confesó lo que todos ya sabíamos. “Sí, te necesito y no quiero que me dejes sola nunca más”.

Se los dije, como algo salido de la ficción. Así inició una relación amorosa, con dos personas rotas, una por fuera y el otro por dentro, que se ayudaron a sanar. Bien dicen que el amor lo puede todo, en esta ocasión fue doctor.

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