El mejor regalo de Navidad

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Siempre he pensado que los mejores regalos de Navidad son aquellos que provocan emociones extraordinarias, ya sea porque son artículos que la persona que lo va a recibir lo necesita, porque le evoca ciertos recuerdos o porque lo motiva en la vida. Por eso siempre me esmero a la hora de elegir un obsequio, ya sea en estas fechas o en alguna otra, como un cumpleaños o el día de las madres o del padre. Sin embargo, en mi familia hay una persona a la que siempre me ha costado darle un buen regalo y ese es mi papá. Siempre me esfuerzo, pero es muy complicado de regalarle algo, pues es alguien que, como buen obrero de una empresa de máquinas de plotter de corte, no quiere cosas costosas, le gusta vivir simple y sin extravagancias. Por eso cuando sé que necesita más ropa como pantalones, camisas, playeras o chamarras se las compro y trato de complementar el regalo con alguna carta emotiva, con una foto de su infancia con palabras de dedicación atrás, etc. Para esta Navidad que acaba de pasar todo se complicó, ya que mi madre le regalaría la ropa que necesitaba y mi hermana zapatos y tenis. Me quedaba sin opciones, así que pensé en una loción, pero recordé que ya tenía demasiadas y casi no las usaba. ¿Películas, discos, libros? Estaba perdido.

Así comenzó la travesía para encontrar el regalo perfecto, algo que no se esperara y que le provocara una emoción digna de la época. Visité tiendas departamentales, plazas comerciales, tiendas de las calles del centro y no lograba encontrar nada que pudiera gustarle. Opté por ir al Plan Z, el último que tenía y regalarle el dinero en efectivo, sería la mejor opción para que pudiera utilizarlo en lo que él quisiera. Nunca me ha gustado regalar dinero a menos que sepa que lo necesita la otra persona, pero en esta ocasión no había nada más que pudiera hacer. Caminando cabizbajo de regresa a casa, decepcionado por haber fallado en mi búsqueda, una luz iluminó mi camino y encontré lo que podría complementar el obsequio.

Entré a la tienda, pregunté el precio y pagué los mil pesos. Pedí que me lo pusieran en una bolsa negra y cuando ya estaba cerca de llegar a casa pasé a una tienda de regalos donde pedí que lo envolvieran. Estaba sumamente feliz por lo que encontré y puse el regalo debajo del árbol de Navidad. La madrugada del 25, después de ir a casa de una de mis tías a celebrar la Navidad hicimos nuestro tradicional intercambio de regalos. Decidí que el último regalo que se entregaría sería el mío a mi padre. Llegó el momento y le di la caja. Al abrirla lo primero que sacó fue el sobre con el dinero en efectivo, me agradeció y después vio una caja de zapatos bastante grande. “Más zapatos”, dijo. “Ábrelos, te van a encantar”, añadí. Al abrir la caja, las lágrimas comenzaron a rodar sobre sus mejillas, un sentimiento le inundó el alma y me abrazó fuerte. “Sácalo”, le dije. De la caja de zapatos sacó un Nintendo, como el que tenía cuando era niño con un videojuego de Mario Bros y dos de Lolo, éstos últimos sus favoritos de la infancia. Jamás olvidaré como mi padre volvió a ser niño otra vez.

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