Jamás olvides quién eres y de dónde vienes

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Crecí en una familia de clase media, con algunos problemas económicos y con ciertas restricciones a la hora de gastar el dinero. No tenía los lujos que deseaba, pero tenía lo que necesitaba y un poco más. No podía quejarme, aunque lo hacía porque sentía la necesidad de tener lo que mis amigos presumían. Pero mis padres fueron claros: “No tenemos el dinero que tienen los papás de tus compañeritos”. Me tocaba callar o hacer berrinche y aceptar la decisión, que no cambiaba. En ocasiones se lucían y gastaban sus ahorros o se endrogaban con las tarjetas para comprarme la consola que deseaba y yo se los agradecía, con eso bastaba para mantenerme tranquilo por algunos meses.

Las deudas siguieron incrementándose por culpa de la colegiatura de mi Universidad. Una escuela privada con mensualidades e inscripción que rebasaban las ganancias de mis viejos. Conseguí la mejor de las becas posibles y pudieron respirar un poco, aunque no mucho porque sólo fue del 45 por ciento. Los pagos seguían siendo pesados. Pero no los defraudé y logré terminar mi carrera siendo uno de los mejores promedios de mi generación. Era mi turno para pagarles todos los esfuerzos que habían hecho por mí.

En cuanto inicié a laborar en una empresa comencé a devolverles un poco de lo que me habían dado, solventando gastos de la casa, apoyándolos en momentos de necesidad o apremio y dándoles algunos gustos como llevarlos de vacaciones o salir por lo menos al cine en familia. Ellos los disfrutaban en grande, sabían que las semillas que sembraron estaban floreciendo. Pero hay flores que crecen y le salen espinas, que lastiman y hieren. Yo fui una de esas plantas. Comenzaron a mejorar mis ingresos, ascendí muy rápido y el dinero llenaba mis bolsillos más de lo que nunca imaginé. Me codeaba con los altos ejecutivos y las salidas familiares desaparecieron.

Busqué venta de departamentos en la Condesa y me mudé a uno alejado de mis padres, a quienes dejé de visitar y ayudar económicamente. Le daba mayor prioridad a seguir haciendo amistades con gente de alto calibre, que era donde yo quería estar. Pasaron algunos años y mi padre me llamó para decirme que mi mamá había tenido una crisis nerviosa y estaba internada. Corrí al hospital donde se encontraba, uno cerca de la casa donde ellos vivían y que yo habité por casi 26 años. No era el mejor nosocomio pero era el que ellos podían pagar. No quise dejar ahí a mi viejita linda y la lleve a otro de mayor calidad, donde nos dijeron que estuvo muy cerca de sufrir una embolia. El miedo de perder a mi madre me hizo comprender lo lejos que estaba para ayudarlos, pues la depresión y las presiones económicas la estaban deteriorando. Olvidé lo que ellos habían hecho por mí y los estaba dejando, literalmente, morir solos.

No volví a casa, seguía en mi departamento, pero cuatro o cinco veces por semana estaba con mi madre. Sin importar la distancia y el tráfico, ahí estaba con ella. Pagué gran parte de sus deudas y la calma comenzaba a reinar. Salíamos a pasear, me los llevé de vacaciones y sus rostros volvieron a sonreír. Recuperé la humildad que ellos me habían enseñado y que yo decidí hacer a un lado por mi ambición de sólo estar con ejecutivos, pero ellos no me iban a dar la misma felicidad que me daba el tener a mis padres conmigo, sobre todo felices.

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