Una terapia que salió mal

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Los accidentes pueden ocurrir a cualquier hora y en cualquier día, cuando menos nos los esperemos. Cuando éstos suceden, generalmente nos agarran desprevenidos, pero nos hacen ver qué tan preparados estamos para afrontar situaciones inesperadas, pues muchos se bloquean, se paralizan, gritan o lloran en lugar de mantener la calma y buscar una solución. Como suele suceder en acontecimientos extraordinarios como la muerte de un familiar o alguien cercano, en los desastres naturales como terremotos o huracanes, entre otras situaciones. Así me sucedió la primera vez que acompañé a mi hermanito a su equinoterapia, en la cual ya ha estado desde hace dos años y nunca había ocurrido nada.

Ya había ido un par de veces a la equinoterapia de mi hermano, pero siempre acompañado por mi madre, nos quedábamos en una zona de espera cerca de las caballerizas a observarlo y de paso disfrutar alguna bebida, que generalmente era café o jugo de naranja, pues las sesiones eran muy temprano en la mañana. Pero el día trágico ocurrió hace ya un mes, cuando ni mi madre ni mi padre podían llevarlo, así que fui el designado para acompañarlo. Llegamos temprano al lugar y comenzó con sus actividades, todo transcurría con normal aburrimiento, al menos para mí, que observaba todo a la distancia y con un jugo de naranja y mandarina en la mano, por eso de evitar la gripe que provoca el clima frío. Cuando estaba dando uno de los últimos sorbos a mi jugo, un relinchido captó mi atención, era el caballo de mi hermano que había corrido y la cuidadora no había podido mantenerlo bajo control. Al ver al animal correr a gran velocidad a una de las vallas que están en una zona específica para jinetes expertos, yo sólo cerré los ojos, imaginando lo peor.

“Joven, su hermano se cayó”, “Pidan ayuda”, “¡Llamen una ambulancia!”. Fueron algunas frases que alcancé a distinguir, pero yo no podía abrir los ojos, estaba paralizado. En mi mente sólo podía rezar y pensar en lo que mi madre me diría por no haber cuidado bien a mi hermano. Imaginaba a mi hermano inconsciente, con sangre en su rostro, algún hueso roto, etc. Las sirenas de la ambulancia resonaban fuera del lugar y una mano tocó mi brazo, era la de la cuidadora, quien me jaló para acompañarla en la ambulancia. No había rastro de sangre en el cuerpo o cara de mi hermano, sólo se quejaba de un dolor abdominal. Al parecer no era tan grave como pensaba. En la ambulancia, la encargada de darle la terapia a mi hermano me dijo que ya había contactado a mi mamá, quien iba en camino al hospital.

En el hospital le realizaron unos rayos x de tórax a mi hermano y resultó que sólo tenía una costilla fracturada. Mi madre aprovechó para hablar conmigo y para decirme que los accidentes pasan, pero que debemos estar preparados para reaccionar y evitar que las cosas empeoren. “Imagínate que hubieras estado solo ahí. ¿Te hubieras paralizado como hoy?”, me dijo mi mamá. Negué con la cabeza y la agaché, aceptando mi error y pensando en cómo iba a mejorar para el futuro.

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